sábado, 15 de febrero de 2020





                                   LA LUNA IMPOSIBLE



Me desperté a las cuatro completamente desvelado. Faltaban unas horas para el amanecer y estaba cansado del día anterior, no tanto porque los viajes cada vez me cuestan más, como por la añoranza del hogar, de su luz y su calor, la sonrisa que lo habita. En esta circunstancia, un desvelo nocturno en el oriente alemán era una promesa, no una amenaza.

Me levanté y decidí recurrir a la receta clásica para estos casos: un pitillo y un libro, cuanto más difícil mejor. Lo lié y elegí la Historia de la eternidad de Borges como postre. Salí a la terraza del hotel a ver cómo dormía el mundo.

No lo hacía. Lo primero que noté es que la luna no estaba donde debía. Esa mañana yo había estimado la orientación del hotel, la terraza daba al sur (bien, pensé, dará el sol cuando salga a fumar) y si estaba en lo cierto la luna que estaba viendo flotaba en el norte geográfico. Imposible.

Debe ser efecto de estar adormilado, sentí, pero quise dejarlo estar, no pensar, no romper esa magia que recién estaba naciendo. Así que sólo miré. Miré al sur, a lo que yo creía era el sur.

Había bruma, mucha bruma, pero no tanta como para impedir ver los montes en dos cadenas paralelas, e intuir sus bosques, sus caminos, sus casas de labranza. Con todo ello a oscuras, sólo la certidumbre del bosque estaba asegurada por la bruma, que traía humedad fresca y verde, y por sus contornos a la luz de la luna. 

Y estaban las estrellas, estaban el cisne y la serpiente, estaba Casiopea. Mañana lo comprobaré en un atlas del cielo, me dije, y miraré también donde debía estar la luna a estas horas en esta latitud. Y seguí aspirando bruma del bosque alemán.

Otros hombres del sur anduvieron por aquí hace más de dos mil años, y vieron este bosque, y respiraron esta bruma, y sintieron que los bárbaros estaban allí, observándoles, calculando riesgos, planeando la forma de aplastarles o de echarles de su tierra. Debieron quedar aterrados.

En cambio yo me sentía feliz. Una luna imposible me daba sombra, un bosque húmedo me envolvía, unas estrellas amigas me guiñaban. Yo sentía el vacío del infinito pero no me asustaba, también era amiga esa sensación, quietud, nostalgia. 

Entonces sentí tu voz tan dentro, al decirme: ¿nos vamos a la cama? Y fui.