lunes, 22 de abril de 2019


OTRA VEZ, SÍ.




“ y en cuanto pase la glorieta, la tercera a la derecha, y ahí es”, escuchó Ulises, y negó para sus adentros: No es ahí. Ya he pasado dos veces por allí, me llevó el GPS, no es ahí. “¡Gracias!” le dijo al peatón, y enfiló alejándose de la glorieta.
Paró en un descampado y sacó el mapa topográfico a escala 1:25.000 e impreso en papel de 90 gramos a cuatro tintas. Tomó también la brújula. Con ellos llegaría a cualquier parte.
Trazó con cuidado la geodésica sobre el mapa a partir de las coordenadas de su destino: el eje del mundo, llamado axis mundi en la cartografía renacentista. Calculó el rumbo con la brújula y la distancia a partir de la escala del mapa. No podía haber error ahora. Se puso en marcha, rumbo al sureste. Y llegó.
Aquí estaba. No era como lo había imaginado, no había eje, sólo un pozo sin fondo. “Otra vez no, por favor”, pensó Ulises, pero se contuvo antes de quejarse en voz alta. Otra vez. Otra vez, sí .
No importaba. Lo haría de nuevo. Sacó del maletero los guantes, las gafas, las botas, el arnés y las cuerdas. Afianzó los ganchos y aseguró el nudo corredizo. Se calzó y se puso los guantes y las gafas. No tenía casco, pero tendría más cuidado. Bajaría despacio.
Se empezó a descolgar pozo abajo, hacia el interior de la tierra. Sintió la humedad, y antes de perder de vista el cielo azul aspiró una honda bocanada de aire fresco. Aire de marzo.
Y bajó, otra vez, en su busca.