https://youtu.be/2ojU2T_U7Bk?si=to36VpSYjmyYuiVe
Para Carlos, mi hermano de armas
Para Carmen, mi hada madrina
Navegar es necesario, vivir no (aforismo romano)
Le llegó a Nausica la noticia recién llegado el otoño. No por esperada, temida, menos sorprendente. Le llegó tras una cena feacia, cuando el bardo empieza a contar historias, cuando precisamente el invitado le interrumpe: -pero yo estuve allí, no fue así, voy a contarlo yo… Y lo contó.
Contó como el hombre de luenga cabellera volvió a cruzar Mesina entre Escila y Caribdis, y esta vez enfrentó a Escila y cuando sus hombres iban a ser devorados surgió un grito en su interior, una llamada del abismo, un aviso de los dioses, la llamada del amor: ¡Noooooo!
Y Ulises eligió salvar a sus camaradas a cambio de entregar su vida allí, entre las fauces del monstruo y el sabor salado del agua que lo tragaba. El Amor es más, acertó a sentir antes de ser engullido para siempre. El Amor es más que todo eso. Es infinito, es eterno, está en todas partes, también está aquí. Y el abismo lo tragó.
Nausica se sintió mal, muy mal, pero aguantó. Quería retirarse a sus habitaciones y escuchar el Romeo y Julieta de Mark Knoepfler, que con Ulises escuchó en la terraza, antesala del banquete, cuando él rozó con su mano la suya y al cruzarse sus miradas murmuró: - allí perdí a mis hermanos de armas, y naufragué, otra vez, y aquí llegué. Que se haga la voluntad de los dioses, porque no es por mí que navego, sino a la gloria de tu nombre.
Que no haya deseo en mis días ni en mis noches, que Circe y Calipso sean un recuerdo fugaz, que mis días sean todos los que pase a tu servicio, mi reina, mi Amada, mi Voluntad de que así sea. Y así fue.
Nausica aguantó la mirada de Ulises, Ulises no aguantó la mirada de Nausica y partió. A Ítaca, a Penélope, a Telémaco, al reino del amor y del deseo. Pero siempre supo que lo que había dejado atrás, apenas rozado por su mano, apenas sostenido por su mirada, era el lugar geométrico del Amor.
Y ahora estaba muerto. Engullido por las aguas, devorado por Escila o por Caribdis. El olvido que seremos, lo que no vuelve. Mi ilusión, mi sueño, mi esperanza, Ulises, el hombre astuto, domador de caballos, el que se entregó a mí sin reservas en la noche del banquete. Mi Lanzarote del Lago.
Acabada la cena y sus epílogos, Nausica se retiró. Encendió la hoguera y el estéreo. Romeo y Julieta, Hermanos de armas. Ulises. El Amor. El Abismo. La muerte. No va más.
En el Hades, Ulises pensaba y pensaba, mientras adobaba otro filete para el can Cerbero. De nada le habían valido sus astucias, de nada le había valido ser sincero por una vez. Decir y clamar al viento: nada de Ítaca, nada del pasado, vuelvo a ti, mi Amor, Nausica, mi Vida. Pero no le dejaron.
Comprobó su bolsillo, junto al reloj. Sí, allí estaba la moneda, el soborno de Caronte, cien rupias checas de bronce. Era cuestión de silbar hasta que llegara el guardián, darle el filete envenenado, caminar con desparpajo hasta la ensenada, como quien no quiere la cosa, preguntar al barquero: -¿cuánto por pasar?, sacar la moneda, mostrarla sin enseñarla, despertar la avaricia, ayudar a empujar el esquife, ayudar con los remos, ayudar con el timón, engañar al barquero y cruzar, cruzar, aires de libertad, volver al aire libre, libre, y correr, correr en busca de tierra firme, nunca más navegar, ir a pie, siempre a pie, andar, correr, no descansar jamás, hasta Feacia, Feacia otra vez, su alegría, su riqueza, su hospitalidad, y Nausica, al final de la escapada.
Lo haremos. Aun nos sabemos cómo, pero lo haremos. No hay caballo que no pueda domar el hombre de luenga cabellera, no hay obstáculo ni frontera que no pueda cruzar el hombre astuto, Ulises, rey de Ítaca, saqueador de Troya, vencedor del Mare Nostrum.
Llegaré a tu bahía un día azul de primavera, y seré yo el que tome el turno del bardo para contar la historia que así aconteció, como yo la cuente, como yo la voy a contar.