sábado, 26 de septiembre de 2026

OTRO ABURRIDO DÍA EN EL PARAÍSO

 

https://youtu.be/2ojU2T_U7Bk?si=to36VpSYjmyYuiVe  

Para Carlos, mi hermano de armas 

Para Carmen, mi hada madrina 

                            Navegar es necesario, vivir no (aforismo romano) 

Le llegó a Nausica la noticia recién llegado el otoño. No por esperada, temida, menos sorprendente. Le llegó tras una cena feacia, cuando el bardo empieza a contar historias, cuando precisamente el invitado le interrumpe: -pero yo estuve allí, no fue así, voy a contarlo yo… Y lo contó. 

Contó como el hombre de luenga cabellera volvió a cruzar Mesina entre Escila y Caribdis, y esta vez enfrentó a Escila y cuando sus hombres iban a ser devorados surgió un grito en su interior, una llamada del abismo, un aviso de los dioses, la llamada del amor: ¡Noooooo! 

Y Ulises eligió salvar a sus camaradas a cambio de entregar su vida allí, entre las fauces del monstruo y el sabor salado del agua que lo tragaba. El Amor es más, acertó a sentir antes de ser engullido para siempre. El Amor es más que todo eso. Es infinito, es eterno, está en todas partes, también está aquí. Y el abismo lo tragó. 

Nausica se sintió mal, muy mal, pero aguantó. Quería retirarse a sus habitaciones y escuchar el Romeo y Julieta de Mark Knoepfler, que con Ulises escuchó en la terraza, antesala del banquete, cuando él rozó con su mano la suya y al cruzarse sus miradas murmuró: - allí perdí a mis hermanos de armas, y naufragué, otra vez, y aquí llegué. Que se haga la voluntad de los dioses, porque no es por mí que navego, sino a la gloria de tu nombre. 

Que no haya deseo en mis días ni en mis noches, que Circe y Calipso sean un recuerdo fugaz, que mis días sean todos los que pase a tu servicio, mi reina, mi Amada, mi Voluntad de que así sea. Y así fue. 

Nausica aguantó la mirada de Ulises, Ulises no aguantó la mirada de Nausica y partió. A Ítaca, a Penélope, a Telémaco, al reino del amor y del deseo. Pero siempre supo que lo que había dejado atrás, apenas rozado por su mano, apenas sostenido por su mirada, era el lugar geométrico del Amor. 

Y ahora estaba muerto. Engullido por las aguas, devorado por Escila o por Caribdis. El olvido que seremos, lo que no vuelve. Mi ilusión, mi sueño, mi esperanza, Ulises, el hombre astuto, domador de caballos, el que se entregó a mí sin reservas en la noche del banquete. Mi Lanzarote del Lago. 

Acabada la cena y sus epílogos, Nausica se retiró. Encendió la hoguera y el estéreo. Romeo y Julieta, Hermanos de armas. Ulises. El Amor. El Abismo. La muerte. No va más. 

 

En el Hades, Ulises pensaba y pensaba, mientras adobaba otro filete para el can Cerbero. De nada le habían valido sus astucias, de nada le había valido ser sincero por una vez. Decir y clamar al viento: nada de Ítaca, nada del pasado, vuelvo a ti, mi Amor, Nausica, mi Vida. Pero no le dejaron. 

Comprobó su bolsillo, junto al reloj. Sí, allí estaba la moneda, el soborno de Caronte, cien rupias checas de bronce. Era cuestión de silbar hasta que llegara el guardián, darle el filete envenenado, caminar con desparpajo hasta la ensenada, como quien no quiere la cosa, preguntar al barquero: -¿cuánto por pasar?, sacar la moneda, mostrarla sin enseñarla, despertar la avaricia, ayudar a empujar el esquife, ayudar con los remos, ayudar con el timón, engañar al barquero y cruzar, cruzar, aires de libertad, volver al aire libre, libre, y correr, correr en busca de tierra firme, nunca más navegar, ir a pie, siempre a pie, andar, correr, no descansar jamás, hasta Feacia, Feacia otra vez, su alegría, su riqueza, su hospitalidad, y Nausica, al final de la escapada. 

Lo haremos. Aun nos sabemos cómo, pero lo haremos. No hay caballo que no pueda domar el hombre de luenga cabellera, no hay obstáculo ni frontera que no pueda cruzar el hombre astuto, Ulises, rey de Ítaca, saqueador de Troya, vencedor del Mare Nostrum. 

Llegaré a tu bahía un día azul de primavera, y seré yo el que tome el turno del bardo para contar la historia que así aconteció, como yo la cuente, como yo la voy a contar.

martes, 10 de septiembre de 2024

Noli me tangere (III)

 

Las otras dos figuras femeninas en la parte derecha de la composición están acompañadas de un ángel con vestimenta blanca. La interpretación oficial de la escena es que se trata de otras dos mujeres, de las muchas que el día de la resurrección del Cristo pasan por los jardines de José de Arimatea. En cuanto al ángel, custodia el sepulcro vacío armado con una espada flamígera.

Así, al pie de la letra, no cabe disparate mayor. Este ángel carece de armas, y, además, no ostenta una actitud más guardiana que la de un portero de una finca de Valencia. Está allí como que a verlas pasar. Yo diría que lo que hace el ángel es dar salida de la cueva, en cuya entrada está sentado, a las mujeres, que salen portando cálices como el que exhibe María de Magdala en la otra parte del cuadro.

Así pues, se trata de tres cálices benditos por un ángel. No pueden ser más que los licores de la fuerza, la inteligencia y el amor. ¿Qué otros podrían ser? Y, de ellos, ¿cuál es el que María ofrece a Jesús y cuales los que portan las otras dos mujeres? El licor del cáliz de María no puede ser otro que el del amor, pues tanto la inteligencia como la fuerza se necesitan mutuamente, y ninguna de ellas puede lucir sola. Pero el amor no necesita nada más, es luz en sí mismo y de sí mismo. Ese es el regalo de María a Jesús. Es ese amor el que permite la resurrección de la carne.


 

Y, además, sobre el monte en cuyo pie se encuentra el supuesto sepulcro hay tres cruces. Si fueran las de la triple crucifixión de la luna de nisán, resultaría que los ejecutados habrían descendido, desde allí mismo, hasta las profundidades de la tierra, para allí realizar su búsqueda sulfurosa, es decir, del azufre, o del agua fuerte. En todo caso, habría habido una triple resurrección, lo que explicaría que en total haya tres mujeres con tres cálices, pero ¿dónde están los otros dos resurrectos?

No pueden estar más que en el propio cuerpo del Cristo, que así encarnaría la triple resurrección de la carne, del alma y del espíritu. Estaríamos, pues, ante el desvelo del misterio de misterios, pero la historia se quedaría corta -por no explicarse cómo se accede a esta resurrección, cómo se conquista la inmortalidad- si no fuera porque las tres cruces que hay sobre el Gólgota -si de él se trata- están, las tres, y no solo una, iluminadas por el sol del crepúsculo, el cual no es propiamente visible en el cuadro, está solo presentido, velado. Pero es suficientemente real como para que haya viento fuerte y como para que las aves se desplieguen por el aire…a pesar del viento.

Y a pesar también del ángel custodio que carece de espada flamígera, pero es capaz y digno de tenerla. Que probablemente la tiene, aunque no la porte en esta escena, por no precisarla, ya sea que guarde el interior de la tierra en donde se produce el licor de la inmortalidad, ya sea que guarde un sepulcro vacío. ¿No será un alter ego del que custodiaba el paraíso terrenal, tras la caída de los primeros padres? Desde este punto de vista, es como si el fin de los tiempos se uniera al comienzo, es como una circunferencia que se cierra. Un faciet exolvuntur en toda regla. La danza de Shiva y Parvati. El acto creativo por excelencia. ¿Noli me tangere? Así llegamos a lo que sí se toca, llegamos a la rosa.